Memorias.A los 11 años ya tenía 30 motos. Cuando mataron a su padre se instaló en la Argentina y vivió años oculto con otro nombre.
El animal se
retorcía a menos de un metro pero la primera vez que el nene disparó, la bala
perforó la tierra. Al venado había que sacrificarlo y no importaba la belleza
que ofrecía aún en su dolor: los ojos duros. Pablo Emilio Escobar Gaviria había
puesto en las manos de su hijo de ocho años una pistola Zig Sauer precisa antes
de preguntarle si quería darle muerte al ciervo. “Apúntale a la cabeza y
dispara”, le pidió su padre, el líder del cartel de Medellín quien será
recordado como el caponarco colombiano más poderoso de la historia. La segunda
vez también falló. El chico transpiraba susto pero no quería ofender a su papá,
que ya tenía varios cadáveres en su haber. Entonces le dijo que sí podía y al
tercer intento reventó el cráneo del ciervo.
Era 1986. La hacienda Nápoles se levantaba entre los ríos y las
montañas de las otras nueve fincas de Valledupar que costaron 2.350.000
dólares. Por ahí merodeaban las cebras, los elefantes, los hipopótamos. Los
dinosaurios no: diseñados a escala real asomaban estáticos en la selva. En ese
tiempo Sebastián Marroquín se llamaba Juan Pablo Escobar y no sabía que durante
los ‘90 terminaría escondido, preso, exiliado y con otra identidad.
“De donde vengo no importa el nombre. A mí sólo me ha traído
problemas”, dice Sebastián Marroquín, hijo del contrabandista en el que se
inspiró la serie que fue furor en nuestro país, “El Patrón del mal”. Para él es
una anécdota, pero su reciente libro “Pablo Escobar, mi padre” lo firmó como
Juan Pablo Escobar, su nombre de bautismo. Lo explica así: “Esa historia la
vivió Juan Pablo y la escribió Sebastián”. Su nueva identidad fue otorgada en
1993 mientras la televisión mostraba el cuerpo agujereado de su padre y ellos
tenía menos de diez minutos para escapar a Mozambique. Sebastián tomó la guía
telefónica y descartó los apellidos que podían tener un tinte mafioso.
Victoria, su madre, se llamó María Isabel. Su hermana Manuela, Juana. Y Andrea,
hoy su esposa, María Angeles.
La selva empezaba a comerse a Nápoles cuando llegaron a Buenos
Aires. De Mozambique salieron espantados: hacía poco había terminado una guerra
civil que duró 23 años. “No había luz ni comida, ni universidades. Había
mutilados. Teníamos permiso de turista para estar tres meses en Argentina y
aquí nos metimos”, recuerda.
Juan Pablo había vivido hasta entonces el derroche de su padre.
A las 11 años era dueño de 30 motos, las tarjetas de invitación para su
comunión fueron traídas desde Suiza en el jet privado de su padre, a las
piñatas las llenaban de billetes para su cumpleaños, los 500 años del
descubrimiento de América lo festejaron en la hacienda con tres réplicas de las
carabelas que flotaban en la piscina. Sebastián comía sobre manteles bordados
en Venecia y en platos con diseño de autor, piezas de plata que llevaban grabados
los apellidos de sus padres. Escuchaba cómo su papá daba órdenes: desde a quién
asesinar hasta que arranquen el helicóptero para cumplir un capricho de su
primo antojado de una hamburguesa que sólo se vendía en Medellín.
“Crecí en la opulencia que nos ofrecía mi padre. En los
restaurantes le pedíamos al mozo que nos atendiera bien y le dábamos 100
dólares. Eso se terminó cuando me llamé Sebastián y tuve miedo. Por ejemplo,
llegamos a Argentina y me paré frente a un Mc Donalds. Me dí cuenta de que no
sabía pedir una hamburguesa. Nunca había ido yo al mostrador, no sabía cómo
hacerlo. La primera vez que subí a un colectivo fue en Buenos Aires. Tenía 17
años”, dice ahora. Sebastián (37) es arquitecta, da conferencias y dirige
“Escobar Henao”, una línea de ropa que creó para cuestionar la imagen del capo.
“¿Tus privilegios son acaso fruto de tus engaños?”, estampó en una remera junto
a la cara de su padre.
No imaginaba ese destino cuando su padre lo sentó en una reunión
de machos. Escobar estaba preocupado: “Hijo ¿Qué pasa que no eres tan infiel
como deberías?”, lo acusó. Sebastián tenía 13 años y su novia de aquel tiempo
es su esposa, con quien tiene un bebé que ya cumplió dos años. “Mi padre era un
infiel discreto. Era natural porque Colombia es machista. Pero yo estaba muy
bien con mi novia.”, devuelve. Con la excusa de mejorar su seguridad su padre
le compró un departamento de soltero: la habitación tenía espejos en el techo.
Matar por droga y morir por el negocio fue su cuna. Sebastián se
mantuvo lejos mientras fue Juan Pablo y recién probó marihuana –dice– a los 28
años. Apenas supo cómo era el universo que enriquecía a su padre: “Tenía 9 años
cuando mi papá me avisó que íbamos a hablar de drogas y me encerró en una
habitación de la hacienda. Sobre una mesa había una muestra de cada una:
marihuana, cocaína, bazuco (paco) y heroína. Me dijo ‘esa hace esto, esta tiene
tal efecto, tócalas, observa su textura”.
-En Argentina se debate la despenalización de drogas para
consumo personal ¿Qué opinás?
— Que es la única forma de terminar con el narcotráfico.
Prohibir las drogas significa generar todo un ejército de criminales. El
beneficiado es el narco, que sube los precios, baja la calidad de la droga y
nunca pierde clientes. El Estado debe intervenir pero no con armas sino con
educación y salud.
Sebastián tenía 15 años y estaba preso con su padre cuando una
muela infectada no lo dejaba dormir. Escobar pidió por un dentista pero nadie
vino. “Venga, hijo, póngase ese poquito en la muela que lo va a calmar. Va a
sentir amargo”, le dijo su papá. “Fue la única vez que consumí cocaína”, aclara
Sebastián. Escobar pidió que lo entierren en Nápoles y que siembren una ceiba
sobre su tumba pero su hijo no cumplió. Las flores amarillas del guayacán caen
a sus pies en un cementerio privado de Medellín. Sebastián no pudo o no supo:
fue fugitivo de su propia historia
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