“Vamos, que es para
que nos integremos todos”, te dijeron en la oficina para quebrar tu estoico
rechazo a jugar al amigo secreto, ese usualmente incómodo ritual navideño en el
que los compañeros de trabajo descubren que no se conocen para nada. Al final
te convencieron y te esforzarte por complacer a esa secretaria a la que solo le
hablas para pedir hojas bond. Ves su rostro de felicidad cuando abre su regalo.
Misión cumplida. Ahora toca que te regalen a ti. Rompes entusiasmado el papel
de colores y descubres lo poco que te aprecian en esa empresa. Te tocó…
10. LA CAJA DE
VIZZIO
“Muchas gracias, aprecio mucho tu creatividad, solo me vienen regalando
esto desde el gobierno de Paniagua”, te dices para tus adentros, mientras te
esfuerzas por exteriorizar una sonrisa tan plástica como la bolsa que protege a
tus ricos chocolates. Bueno, una vez al año no cae mal un dulcecito. Claro,
siempre y cuando revises la fecha de vencimiento, porque, para serte francos,
nos tinca que esa caja está rotando anualmente desde el 2006. Suave.
9. EL HENO DE
PRAVIA
Jamás te has comprado una colonia en tu vida, todas las que has usado
han sido regalos de navidad y cumpleaños. Pero un mal necesario sigue siendo
mejor que un mal a secas. Eso hasta que te pones a pensar en la intención que
oculta el botellón de alcohol aromatizado que cargas en tus manos: si te lo
entregan seguramente no es porque te estimen, sino porque te están sugiriendo
que deberías oler mejor. Más duchas a la semana no te vendrían mal.
8. EL PANETÓN
Nada más rico que
un panetón con mantequilla luego de que éste haya sido sumergido en chocolate
caliente. Un petardo de calorías (Iván Thays dixit) que es un
paraíso las primeras veces que es consumido; sin embargo, bocado a bocado,
engullir el bizcocho infestado de bromato se hace cada vez una rutina infernal.
¿Y en qué momento vamos a comer panetón en una cantidad que debería ser
distribuida a lo largo del año? Sí, en Navidad, por eso tus compañeros de
trabajo ayudan a que te atiborres de panetón y te dan uno más, por más que
saben que tienes un cuarto de la casa solo dedicado a cajas de panetón. Por
suerte, no es lo peor: puedes zurrarte en la indigestión y te los tragas todos,
los donas o haces Perú y con toda esa mercadería pones tu bodega. Depende de
ti.
7. EL PELUCHE USADO
Tienes una
colección de ositos y demás amelcochados personajes en tu cuarto, esto no
podría salir mal. ¿Qué es eso? Una manchita… se debe haber ensuciado al momento
de envolverlo, no pasa nada… ¿“Lourdes y Andy x 100pre” escrito con liquid paper? Eh, parece que te enyucaron el vestigio
de una relación pasada. Si lo quieres ver por el lado amable, tú recibes un
regalo malísimo, pero la otra persona superará una relación que no funcionó.
Colabora.
6. EL PAQUETE DE
FIGURAS DE LOZA
No cae mal enterarte a tiempo de que tus compañeros piensan que tienes
como 85 años y te creen la persona más aburrida de la oficina.
¿Alguien que no esté jubilado encuentra bonitas estas pálidas figuritas? La
verdad, lo dudamos mucho. A quien no le importa, y de hecho está muy contento
con el regalo, es tu sobrino hiperactivo: ya tiene qué romper cuando se le acabe
el Ritalin.
5. EL USB CON VIRUS
Siglo XXI, la
tecnología avanza a un ritmo impensable hace tan solo unas décadas atrás, y en
la cima de la ola tu colega amante de la tecnología. Estira el brazo, dejando
ver debajo de su saco un polo con la cara de Arturo Goga, y te da un regalo
diminuto. “Lo mejor viene en frasco chico”, dice y te guiña el ojo. Lo
abres: un USB de 512MB de memoria. Bah, pudo ser peor, no está tan mal, siempre
y cuando ignores que tiene grabado el nombre de una conferencia sobre Community
Management. Al día siguiente decides utilizarlo para guardar unos archivos
que tienes que llevar a imprimir e insertas el dispositivo. La pantalla se pone
en negro, solo para encenderse algunos segundos después con miles de ventanas
con el porno más duro que hayas visto. “¿Se podía hacer eso?”, piensas,
mientras tu jefa, detrás de ti y mirando a la pantalla, se pregunta con qué
clase de depravado ha estado compartiendo espacio. Estás despedido. Feliz
Navidad. (Inspirado en estetuit)
4. EL
ENGAÑAMUCHACHOS
Los regalos de
forma rectangular y que se colocan parados se delatan solos. Te toca un
traguito. Nunca falla. Arrancas el papel y, ¡¿qué cosa?!, se leen las letras
con acabado dorado: Chivas Regal Edición de Lujo. “Gracias, hermano, te pasaste”,
dices mientras das un abrazo más fuerte que cualquiera que hayas dado en un
velorio. Noche buena, momento de panudear. Usas una copa como una campana y
propones un brindis. Abres la ostentosa caja y aparece, triste y
avergonzado, un whisky “Johnny” de 15 soles.
Ahora sabes por qué tu colega repitió tantas veces “¿mostra
la caja, no?”.
3. EL LIBRO DE
AUTOAYUDA
Tienes un problema
y la gente de tu oficina esperó a Navidad para decírtelo. ¿Manejo de la ira,
problemas de peso, mala suerte en el amor? Descuida, tus compañeros
identificarán con precisión quirúrgica cada uno de tus defectos y harán que
todo el mundo se entere de cuáles son y que debes corregirlos de inmediato. El
regalo que representa más fielmente a la frase “Oe, ya, palteas”.
2. EL MONTO MÍNIMO…
AL CASH
Nunca está de más tomar precauciones, así que se decidió poner un monto
mínimo para que la gente no se malee y regale lo que encuentre en la bodega (aunque
no es garantía de nada, como vemos en los casos anteriores). ¿20 soles? ¿50
soles? No importa cuál sea la valla, alguien la tomará de la forma más literal
y te regalará el billete correspondiente. No parece tan malo en un principio,
pero piénsalo: no le importas lo suficiente como para preguntarle a alguien qué
te gusta, ni si quiera para hacer una expedición de algunos segundos por tu
perfil de Facebook para conocer tus intereses. Simplemente no lo vales.
Arréglatelas con ese billete y ya no jodas. ¿Hay algo peor que eso? Sí, que te
hayas esmerado con tu amigo secreto y hayas comprado un regalo que supera
largamente a la cuota mínima.
1. NADA
Sí, cero. Ya sea porque te excluyeron debido a que pensaban que los
participantes debían sumar una cifra par (caso de la vida real) o por el más
antifestivo alpinchismo, llegar a casa con las manos vacías, peor aún si es que
si hiciste la tarea de comprarle algo significativo a otra persona, es como
protagonizar un melancólico especial de Navidad de algún dibujo animado de tu
infancia. Solo que esta no es una caricatura y aquí no hay final feliz. Que el
humo del chocolate caliente sea tan espeso que no deje ver tus lágrimas.
¡¡¡FELICES FIESTAS!!!












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